Con tanto bagaje
emocional a cuestas, con tanta historia maltrecha y sin final feliz, viene
conveniente plantear nuevas estrategias.
La soledad y la paz han sido mis más leales compañeras en este viaje, sin embargo, existieron
duros momentos en los que necesité de un alma que acariciar.
A pesar de ser
fiel creyente en el amor, ese que es eterno mientras dura; hubo noches en las
que, el frío, la desesperación lo inundaban todo. Lo extraño no puede formar parte de tu vida. Y cada día que pasa te vuelves más incapacitado para crear cercanía.
De la manera más cruel aprendí, el lado vacío de
la cama solo está frio cuando yo quiero que lo esté. La penumbra me corrompe únicamente
cuando sucumbo ante la necesidad de calor. Y ahora, siendo consciente de esto
me he permitido buscar alguien con quien compartir el tiempo que me queda
libre.
No busco relaciones estables, no busco finales felices, no busco príncipes azules. ¿Qué hay de malo en que dos soledades se encuentren, compartan un par de horas y luego se separen? Tan sólo
necesito alguien a quien pueda contarle cómo muere el día. Alguien que llegue de la manera más inoportuna.
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